El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Hecho esto por nuestros dos reverendos, y apoderados ya del manojo de llaves que pendía del cinto de Ferrus, fue su primer cuidado recapacitar lo que acababan de oír al ebrio alcaide.
Parecía por el misterio de sus palabras que la torre era el lugar del castillo destinado al prisionero. Estaban en ella, pero era indispensable hallar una subida, y si había dos, aquella en que estuviesen menos expuestos a ser notados o a encontrar importunas centinelas. En punto a esto convinieron que era preciso ponerse en manos de Dios, que veía sus intenciones y no dejaría de favorecerlas, y echáronse a buscar una subida, que no tardaron en encontrar. Probando llaves lograron abrir una puerta encubierta detrás del hogar por un tapiz viejo; empujáronla, y una escalera oscura les probó que habían dado con lo que necesitaban. Armado cada uno de un agudo venablo, y llevando en la mano izquierda Hernando, que iba delante, una linterna sorda de metal, diéronse a subir con la mayor confianza en Dios, donde los dejaremos, ora trepando escaleras, ora recorriendo largas y oscuras galerías, ora, en fin, probando llaves en cada puerta que encontraban, todo con el mayor silencio por no dar la alarma en el castillo.
Hallábase colocado el cuarto, donde se divisaba la misteriosa luz desde los alrededores de la fortaleza, en el extremo de una galería, y comoquiera que las puertas fuesen todas de la mayor seguridad, no se creía prudente establecer centinelas demasiado inmediatas. Al único que hacia aquella parte se ponía, preveníasele de antemano que no se separase del extremo de la galería más distante de la prisión. El que se hallaba a la sazón en aquel punto era un mancebo profundamente ignorante acerca de las circunstancias de los presos que parecían custodiarse con tanto interés en la fortaleza, pero que había oído hablar lo bastante del encantamiento del castillo y de la voz nocturna, para no tenerlas todas consigo en aquella incómoda facción.
-Por Santiago -decía, apoyándose en su partesana, que no entré yo al servicio del señor conde para habérmelas con brujas y hechiceras; este instrumento, que bastaría para matar millones de moros, unos después de otros se entiende, acaso no sería suficiente a hacer un ligero rasguño en la mano del moro que fundó este maldito castillo.

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