El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Una lámpara mortecina lucía siniestramente sobre un pedestal.
-¡Basta, crueles, basta ya! -exclamó una voz penetrante, arrojándose a sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la desesperación, una figura cadavérica vestida de negras ropas.
Difícil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver venir sobre ellos aquella extraña sombra, que no era otra cosa lo que a su vista se ofrecía, y el sobrecogimiento de la víctima luego que paró la atención en sus nuevos huéspedes, de tan distinta especie que los dos hombres que hasta entonces habían solido visitar su encierro para traerla el alimento.
-Religiosos, santo Dios, religiosos -exclamó ésta-. Habéis oído, Señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envía estos emisarios de vuestra palabra divina para auxiliarme en los últimos momentos de esta vida miserable. Lo acepto, Señor, lo acepto.
Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada, que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando; éste, inmóvil en su puesto, no sabía qué interpretación dar a aquella horrible escena. Todo el valor de Peransúrez le había abandonado; creíase, efectivamente, delante de la encantada mora, y estaba ya a dos líneas de maldecir en su corazón su osadía y su malhadada incredulidad. Repuesto algún tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atrás cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta, levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando largo rato a nuestros amigos sin atreverse a proferir una palabra.
-Quien quiera que seáis -dijo por fin animándose Hernando y descubriendo su rostro-, ser de este mundo o del otro, mora o cristiana, hablad: ¿qué nos queréis?
-Hernando, ¿sois vos? -exclamó la víctima levantándose, después de haber mirado largo rato con la mayor duda y agitación al montero espantado-. ¡Ah! No -continuó-. ¡Hernando era montero! -y volvió a quedar en el mismo estupor.
No pudo menos Hernando, al oírse nombrar por la fantasma como un antiguo conocido, de fijar más en ella la atención, y agarrando con una mano a Peransúrez, que a su derecha y un poco detrás de él estaba:

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