El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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-¡Cielos! -exclamó sin apartar los ojos de la figura negra-. Dejadme: ¿sería posible?
-¡Ah! conocedme, sí -gritó levantándose y asiendo la lámpara la infeliz-, conocedme, si me habéis visto alguna vez; he aquí en mi rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya; no soy hermosa... El llanto, el dolor me han afectado. Miradme bien, miradme -prosiguió acercando la luz a su semblante.
-¡Ella, ella es! Peransúrez, salvémonos -gritó Hernando retrocediendo.
-¿Adónde? No; ¿adónde? Deteneos. Yo saldré también con vosotros.
-¡Vivís aún, señora! -exclamó Hernando al sentirse detenido por la víctima-, ¿vivís?
-Vivo, sí, vivo para llorar y padecer; tocadme aún si lo dudáis.
-¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?
-¿Mi muerte decís? -preguntó la desdichada-. ¿El bárbaro la ha propalado? ¡Justicia, Señor, misericordia! -añadió levantando los ojos al cielo-. Por piedad -continuó-, ¿quién sois el que tanto os parecéis al montero de don Enrique? ¿Qué os trae a esta prisión?
Hernando, sumido en el más profundo letargo, apenas reconocía debajo de aquella palidez y cadavérico aspecto a la hermosa que tantas veces había visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza.
-¡Monstruo! -dijo por fin para sí-, ¡monstruo, monstruo abominable!
-¿Quién sois? Acabad, y ¿qué queréis? -tornó a preguntar la encerrada-. ¿Venís a prolongar mis males, a remediarlos por ventura?
-A salvaros, señora -repuso Hernando-. Conocedme, ¡voto va! El montero Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.
-¿Con que no me había engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar os veo, y cómo en ese traje?
-El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo; dejemos para mejor ocasión ese punto. Ved que necesitamos salir del monte. ¡Ea! Venid con nosotros.
-¿Con vosotros? ¿Adónde? ¡Ah! no me engañéis. Más fácil es que me matéis aquí. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles como todos los que hasta ahora he visto en este castillo.
-¿Qué habláis, señora? No veníamos a salvaros; no presumíamos siquiera que vivieseis; el bárbaro que ha osado reduciros a este extremo no se ha contentado con una presa.

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