El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Sin embargo, en el momento actual vuestra presencia nos hace más falta de todas suertes que un ojo avezado al cazador. Vuestra presencia va a confundir la iniquidad y a atajar acaso un torrente de sangre.
Mucho tardaron Hernando y Peransúrez en determinar a la desdichada a que los siguiese; sus preguntas exigían larguísimas explicaciones, que no podían darse en aquel momento sin comprometer la suerte de una expedición tan incierta y azarosa ya por sí... A poder de ruegos, en fin, y de observaciones, logróse de ella que dejase el satisfacer sus dudas para mejor ocasión; el tiempo urgía; nuestros dos reverendos habían pasado ya gran parte de la noche en dar con la prisión, y después de tantos afanes, faltábales aún desempeñar la misión que en tal peligro les había puesto.
Resolvióse unánimemente que Hernando se despojaría del hábito que sobre su traje traía, y que lo vestiría lo mejor que pudiese la recién libre cautiva, porque si bien su estatura era muy diversa, también era de advertir que habían entrado de noche, que iban a salir al rayar el alba, y que probablemente no estarían a su salida de facción los mismos que lo habían estado a su entrada. Dos frailes habían entrado, dos frailes salían; nada había que decir, si durante la noche no se descubría su acción, cosa difícil, pues habían quedado cerrados por dentro y amordazados Ferrus y Rui Pero A la salida ningún obstáculo podrían encontrar dos frailes, pues durante la cena se había dado la orden de abrirles el rastrillo en cuanto se dejasen ver a la puerta al amanecer.
Cortó, pues, Hernando el hábito con su cuchillo de monte y dejóle más adaptado a la estatura de la hermosa. Hecho lo cual, trataron de buscar, por la parte que no habían recorrido aún, la prisión del doncel, dejando para después de encontrarla el determinar la forma de sacarle y salir el mismo Hernando del castillo, cosa que a éste le parecía sencillísima, pues todo se lo parecía cuando era hecho en obsequio de su señor y cuando tenía en la mano su venablo y al lado su fiel Brabonel el cual los seguía silenciosamente toda la noche, como si estuviera penetrado de lo mucho que convenía el sigilo en aquella peligrosa tentativa.

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