El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

Página 261 de 298


CAPITULO TRIGESIMOSEXTO
Ya la gran noche pasaba
E la luna s´extendía:
La clara lumbre del día
Radiante se mostraba;
Al tiempo que reposaba
De mis trabajos e pena
Oí triste cantilena
Que tal canción pronunciaba.
D. Enr. de Villena. Querella de amor de Mac.
No bien hubieron tomado la determinación que dejamos referida, echáronse a buscar otra salida, dispuestos siempre a hacer callar con sus venablos a cualquier centinela imprudente que hubiese podido comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos escaleras que bajaron. Al fin de ellas, una tronera les permitió reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarían como a diez varas del pie de la muralla interior.
Fatigados de la faena que la ignorancia de las llaves les acarreaba, y aún más del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder, tomaron allí algún descanso La cautiva, que acababa de experimentar una emoción tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavía; no pudiendo resistir a tantos efectos encontrados, hubo de apoyarse un momento en un trozo de columna, que felizmente encontró en la pieza en que a la sazón se hallaban. Perdían ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prisión del doncel. Asegurábales, sin embargo, su compañera, que en la noche anterior y a deshoras había creído oír un laúd débilmente pulsado, cosa que no le había acaecido nunca desde su llegada al castillo; este dato convenía con la fecha de la prisión de Macías, y hubiera jurado, les añadió, que salía el eco del pie de la torre. Esta advertencia sólo podía animar a los generosos amigos del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de examinar qué hora podía ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo se había serenado; un viento fuerte de Norte lanzaba hacia las playas africanas algunas nubes dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de la luna en su ocaso advirtió a Hernando, así como la posición de algunas estrellas que acertó a ver, que podría faltar una hora todo lo más para el alba.

Página 261 de 298
 



Grupo de Paginas:               

Compartir:




Diccionario: