El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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¡Ay mísero aquél, que así amor maltrata!
¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!
¿Por qué, justos cielos, en pecho amador
Tiranos me disteis una alma de fuego?
¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,
Bebido, en el pecho, se torna el licor?
Contempla, señora, mi acerbo dolor.
¡Ay! torna a mis brazos, ven presto, mi Elvira:
Ingrata, aunque sea, como antes, mentira,
La dicha me vuelve, me vuelve tu amor.
No más a mis ruegos te muestres impía,
Oh pérfida hermosa, muy más aún ingrata.
No así al tierno amante, más fino, se trata.
No quepa en tu pecho tan grande falsía.
Dolor no se vuelva lo que era alegría.
Mas ¡ay! si en mi pena no alcanzo consuelo,
Si en vano mis quejas se elevan al cielo,
¡Llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y día!
Callaron al llegar aquí los lúgubres acentos de la cantinela, que había arrancado lágrimas de los ojos de aquellos que silenciosamente la habían oído.
Seguros de que habían llegado al término de sus esperanzas, diéronse prisa a abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fue el terrible alano, el cual no bien se halló al aire libre, cuando comenzó a ladrar dirigiéndose a un objeto que se hallaba arrimado a la pared.
-¡Brabonel! -dijo Hernando-. ¡Brabonel! Vamos, silencio.
-¿Quién va? -preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su ballesta contra el montero, que salió primero a contener a su perro.
No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.
-¡Ése es quien va! -respondió Hernando lanzando su venablo, el cual fue recto a clavarse, silbando por el aire, en el pecho del faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.
-¡Ay! -gritó la compañera de nuestros aventureros, apartando rápidamente los ojos del que acababa de caer.
-Silencio, señora, silencio -dijo Peransúrez-; dejad la piedad para después. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya algún otro centinela con este intempestivo ruido.

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