El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

Página 264 de 298


-Venga en hora buena -dijo Hernando, caliente ya el feliz éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo del caído, púsole un pie en el pecho y sacó de él su venablo ensangrentado con la diestra mano. El venablo, al salir del cuerpo, dejó libre el paso a un surtidor de sangre que salpicó a Hernando, y a poco el infeliz había ya expirado.
Vencida esta primera dificultad examinaron la posición, y no les quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían, servía de puerta a la prisión del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿Cómo soltar el rastrillo? Perplejo Hernando miraba a una parte y otra, mordíase los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde había venido, para probar la entrada que debería de tener forzosamente la prisión, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada.
-¡Voto va! -dijo por fin Hernando-. Denme a mí la fiera en el campo; pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aquí para ser presa de esos perros judíos que quedan en el castillo, en cuanto amanezca?
Su posición tenía más dificultades de las que a primera vista habían creído encontrar. Sin embargo, fue preciso deliberar, y por último, Hernando decidió que lo más acertado sería probar a salir Peransúrez y la bella a favor de su disfraz, quedando él con su alano en aquella posición. Oponíanse los otros a esta generosa determinación; pero Hernando les convenció, probándoles que si a la mañana no había logrado ponerse en comunicación con el doncel y salvarle, o saltaría la muralla y pasaría el foso a nado con su perro, retrocediendo al salón de la torre se haría rehenes y prenda de seguridad al mismo Ferrus, que probablemente debería de permanecer en el mismo estado, pues no se había dado la alarma en el castillo en toda la noche.
Fueron tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fue preciso ceder a ellas. Importaba mucho, en verdad, que saliese alguien del castillo; fuera ellos, nada les sería más fácil que volver con socorro, y la presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte, debía de hacer variar completamente la posición del doncel y de Hernando, aun dado caso que quedase preso.

Página 264 de 298
 



Grupo de Paginas:               

Compartir:




Diccionario: