El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

Página 265 de 298

Este, en fin, se aferró en decir que él no saldría del castillo sino muerto o con su amo; lo más que pudo conseguir de él Peransúrez fue que, quitándose su traje de montero, vistiese la ropa del muerto centinela y quedase en su lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso no seria reconocido, y entretanto tenía aquella probabilidad más de salvación. Hízolo así Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en la zanja con un pie, dio algunas instrucciones a Peransúrez acerca de lo que debería hacer en saliendo del castillo y en llegando a la Corte.
Despidiéronse en seguida, como aquellos que acaso no habían de volver a verse. Peransúrez y su compañera, ocultando su rostro bajo su capucha, siguieron la senda que debía conducirles forzosamente a lo largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del castillo, donde era más que probable que no hallasen obstáculos a su salida, siendo como era ya la hora a que había dejado advertido Ferrus la noche anterior que se abriese a los padres descaminados, y donde los dejaremos para acudir a donde nos llamen otros personajes, no menos interesantes, de nuestra historia.
Sólo podemos añadir, para sacar algún tanto a nuestros lectores de la incertidumbre en que los dejamos, bien a nuestro pesar, que hacía aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si antes o después, el jefe del destacamento, que guardaba la puerta principal del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió, pues, al salón que se habían reservado Rui Pero y Ferrus y en vano llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de armas la cerradura y les dieron entrada en el salón. Allí fueron en contrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos, Ferrus y Rui Pero mirándose todavía, y sin dar otra respuesta a las preguntas del jefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy semejante al ruido gutural que produce un sordomudo para mover la pública conmiseración.

Página 265 de 298
 



Grupo de Paginas:               

Compartir:




Diccionario: