El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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A pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el aplazado combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consigo don Enrique el Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del dosel regio preparado para la ceremonia que debía verificarse.
Sentado Su Alteza, y rodeado del buen condestable Rui López Dávalos, de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las demás dignidades de palacio, compareció ante el trono, llamado por un faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo, precediéndole dos farautes suyos y un escudero con el estandarte en que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos. Requerido por el faraute de Su Alteza, expuso brevemente la demanda que de justicia había hecho en otra ocasión sobre la muerte de su esposa, la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia, pidió cuenta Su Alteza a su canciller mayor del sello de la puridad de lo que en el asunto había determinado; recordó éste el cargo que había dado Su Alteza de averiguar el hecho al justicia mayor, cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego López de Stúñiga, e hizo breve relación de los pasos que había dado para la averiguación de aquel horrendo crimen, el cual, sin embargo, había permanecido oculto, sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios de Dios que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oído el justicia mayor, prosiguió el canciller relatando cómo en ese tiempo se había presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena, achacándole aquel propio crimen del que él había pedido satisfacción, y lo demás ocurrido en el caso.
Hizo entonces Su Alteza comparecer a la acusadora, la cual, guiada de Abenzarsal, a cuya custodia estaba confiada, pareció y expuso de nuevo, en la misma forma que la había hecho, la funesta acusación, no sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien a las claras el estado en que se hallaba.
Tomósele de ella juramento, así como a don Enrique de la denegación del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios.

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