El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Pidiéronse pruebas en seguida a la acusadora, no pudiendo la cual presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo, se había dignado Su Alteza ordenar la prueba del combate.
Alzóse en seguida un faraute de Su Alteza, y en voz alta repitió que era llegado el día en que aquél debía verificarse; lo cual hizo por medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores.
El canciller, en seguida, pidió los gajes al acusado y acusadora, que le entregaron, aquél el guante arrojado por Macías el día de la acusación, ésta el anillo que en prenda de su persona había entregado al Rey en el propio día. Recogidos ambos por el canciller, fueles preguntado a los dos si se hallaban prontos para la prueba del combate que Su Alteza había ordenado: esta pregunta estremeció a Elvira, que se vio sola en el mundo en aquel tremendo instante; pero Villena respondió a ella con insolente sonrisa de triunfo y de satisfacción. Requeridos a presentarse ante Su Alteza los combatientes o sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo Hernán Pérez de Vadillo, que se había mantenido oculto hasta entonces en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de Villena; Elvira, al verle, no fue dueña de sí por más tiempo, lanzó un agudo chillido y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la seguía. No se alteró el implacable Vadillo; hincándose, por el contrario, de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la cual anuncióse como el campeón de don Enrique.
Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabían, hizo todo el efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como reflexionaron los presentes que iba a presentarse un caso singular en semejantes combates. La mujer acusadora por una parte, y el marido campeón del acusado por otra. Elvira, al recibir tan terrible golpe, se precipitó a los pies del trono exclamando:
-¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo permitirás, señor...!
Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso silencio a la acusadora, con duro gesto y ademán, separándola del trono.

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