El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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¿Ha de correr tanta prisa?
-Mucho me dijo que urgía, pero a la buena de Dios. El hombre propone...
Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de cuarenta de largo; en una extremidad un cadalso se había levantado, ricamente entapizado de paños negros; en él debían sentarse los jueces del campo. Hacia el comedio de uno de los lados, un balconcillo de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debía servir para el Rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque, dos garitas semejantes a las que se construyen en el día para los centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debían dar desde ellas lanzas y armas nuevas a los combatientes, en el caso de romper las suyas en los primeros encuentros, sin acabarse el duelo.
Alrededor del palenque, y donde habían dejado lugar para ellos las bocacalles, habían arrimado los habitantes carros y carretas para ver más cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia los puntos más altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas a otras en los más bajos para alcanzar puesto, cuando llegaron Nuño y su compañero.
-¿Habéis oído decir por qué es el duelo? -preguntaban unos.
-Sí -respondían otros-. El nigromante de don Enrique de Villena, que hechizó a su mujer, es acusado por ello.
-Bien hecho; no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas gentes que tienen pacto con el diablo.
-Callad, maldicientes -gritaba una vieja-. ¿Qué sabéis vosotros de lo que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran que fue muerta por unos bribones pagados, a causa de unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habían dado una serenata...
-¡Ah! ¡ah! ¡ah!, mirad la madre Susana con lo que nos viene -exclamaba otro-. Matóla su marido, sí señor, y hay quien sabe el porqué. ¿Hubiera, si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus secretos, cometido la ligereza de...?
-Eso no, ¡pesia a mí!, maese Pedro -interrumpió un mozalbete mal encarado-; que no ha menester una mujer muchos motivos para cometer una ligereza.

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