El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Venían detrás de las trompetas un rey de armas y dos farautes. Seguían ministriles con instrumentos músicos, y varios ministros del justicia mayor; dos notarios para testimoniar y dar fe de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por Su Alteza, que fueron el muy buen condestable don Ruy López Dávalos y el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro López de Ayala. Detrás el justicia mayor Diego López de Stúñiga, vestido como los demás de gala y ceremonia, cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso revestido de paño negro, en el cual se colocó según la preeminencia de puestos debida al empleo de cada uno, y a ella se agregaron dos persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, o mirador, Su Alteza, acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su confesor fray Juan Enríquez y de varias dignidades de palacio que a semejantes oficios debían seguirle.
Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase el campo, y fueron treinta buenos escuderos, con más ballesteros y piqueros, de los cuales colocáranse unos en ala bajo el balconcillo de Su Alteza y otros en varios puntos extremos de la liza.
Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hacia el extremo enfrente de los jueces, donde habían hecho levantar éstos un altar con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debía celebrarse el santo sacrificio de la misa.
Enfrente del balconcillo de Su Alteza habíanse levantado, bastante apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazón revestidos de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró, conducida y custodiada por cuatro archeros, una mujer joven cubierta de un velo negro que la tapaba toda; ocultaba su blanca espalda y torneada garganta su cabellera, brillante como el ébano. No era ya aquella perfecta hermosura fresca y lozana que había deslumbrado tantas veces a la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y prolongado por la continua aflicción, sus ojos hundidos y rodeados de un cerco oscuro, su frente mancillada por la adusta mano del dolor, su mano descarnada y trémula, su paso vacilante y sus ardientes lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar.

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