El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Seguíala al lado, vestido de gala, el pajecillo Jaime, que de ver llorar a su prima lloraba también, y que la dirigía de cuando en cuando palabras de consuelo, de las cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera oídas. Hasta el otro cadalso o tablado entró el ilustre conde de Cangas y Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba rico jubón de raso negro columbiano, calzas justas, un bohemio de paño negro guarnecido del mismo color, manga larga y angosta, con capilla de buitrón; una jaqueta de raja recamada de oro le cubría apenas el jubón; cinto tachonado de que pendía una rica limosnera; zapatos de seda negros, abiertos y acuchillados; un camisón riquísimo de holanda, labrado, le volvía sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de piedras y oro, de que pendía un San Miguel de este precioso metal, deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El manto de la orden encima completaba su magnífico arreo. Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas y la caldera de ricohome, y le seguían escuderos, donceles, pajes, caballeros y gentileshomes de su casa, vasallos suyos, vestidos todos de ceremonia y paz como su señor. Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol a igual distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de Su Alteza, y detrás de él se veía sentado sobre un banco, contiguo ya al palenque, un hombre vestido con un capotón de seda encarnado y cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo, a su lado, y una afilada cuchilla declaraban aun a los que más de lejos le veían, que era Mateo Sánchez, verdugo de Su Alteza, pronto a ejecutar a aquel de los dos que quedase por el combate convencido o de calumniador o de reo.
Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir todo lo más fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces al rey de armas y faraute dar una grita o pregón anunciando el combate, que iba a verificarse en comprobación del juicio de Dios a falta de otras pruebas, y mandando comparecer a las partes o a sus campeones.

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