El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Presentóse en seguida a la puerta del palenque un caballero, alzada la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernán Pérez de Vadillo; seguíanle dos pajes con las libreas de Villena, llevando el uno la lanza y el otro un caballo de respeto. Venía jinete en un soberbio alazán encubertado con paramentos negros que le llegaban hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, bordados de muy gruesos rollos de argentería a manera de chapetas de celada, y por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traía Hernán Pérez vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado, con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de grana italianas, una caperuza alta de grana y espuelas de rodete italianas; llevaba sus arneses de piernas y brazales con hermosa continencia. Su rostro era el único que estaba en contradicción con la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, lanzaba rayos de sus ojos y parecía medir con la vista el espacio del palenque, como si viniera estrecho a su cólera y su coraje. Tres vueltas dio en derredor con gracia y gentileza, saludando a cada vuelta él y su caballo al mirador de Su Alteza y al conde su señor; dirigiendo, empero, una mirada de desprecio y de ira, sentimiento que se confundía en la expresión de su semblante, hacia la víctima infeliz de su propia virtud y generosidad.
Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron los farautes por pregón al campeón del acusador por tres veces consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.
Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio sucedió, sin embargo, al segundo y tercer pregón.
Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo; no se podía distinguir si le daba gracias por la ausencia de su campeón, que de ninguna manera hubiera deseado ver entonces allí, o si lloraba la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta ¿cómo concebir que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza, si su campeón no venía?

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