El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante a su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo:
-¡Venganza, sí! -clamó-; ¡venganza!
Dio en seguida vuelta a su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible actitud ya de acometer.
Otro tanto hizo el recién venido, y tomó de mano de uno de sus dos pajes una poderosa lanza.
El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces del tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol e indicaron su debido puesto a ambos combatientes.
Dirigiéndose en seguida Hernán Pérez de Vadillo, conducido por el rey de armas, hacia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, juró a fe de cristiano y de caballero, por su alma y la vida que iba a perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, y que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas, ni hechizos, ni piastrón, ni ventaja alguna de las reprobadas por la orden de caballería. Vuelto a su puesto, igual juramento repitió, y en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de nuevo en seguida al frente de su adversario.
Al ver tan próximos al último trance a entrambos combatientes, no pudo contenerse por más tiempo Elvira.
-¡Señor! -exclamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos en actitud suplicante hacia el mirador de Su Alteza-, ¡basta! Quiero ser antes calumniadora. Lo soy, señor, lo soy!
Pero en aquel momento la atención de todos se hallaba fijada en los gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de temor al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enajenada desde entonces apenas vio ni oyó lo que en torno suyo pasaba.
Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al faraute dar una grida o pregón que ninguno fuese osado por cosa que sucediese a ningún caballero a dar voces o aviso, o menear mano ni hacer seña, so pena de que por hablar le cortarían la lengua y por hacer seña le cortarían la mano.

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