El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Miró Vadillo al cielo despechado y descansó en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la víctima, y en la misma actitud en que nos pintan a Hércules sobre su maza. Elvira, al oír el grito de victoria, alzó los ojos, vio el éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena, entretanto, ostentaba en su semblante la alegría del triunfo que no había esperado conseguir.
Mientras que el justicia mayor había llegado a Su Alteza seguido del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interés, el rey de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre el pecho, y tocándole con su maza:
-¡He aquí -clamó en voz alta-, he aquí el juicio de Dios! Don Enrique de Villena es inocente. Elvira es calumniadora. He aquí el juicio de Dios.
Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabía bien la suerte que esperaba a Elvira. Efectivamente, según las leyes de semejantes juicios, la acusadora debía ser en el acto degollada; el campeón vencido, si había quedado con vida, debía ser desarmado y desnudado; las diversas piezas de sus armas, esparcidas aquí y allí en el campo de batalla; y permanecer él en tierra hasta que Su Alteza declarase si quería ajusticiarlo o perdonarlo. Sus bienes habían de ser, además, confiscados en favor del erario, después de reintegrado el vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto, debía ser entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en un patíbulo.
Disponíanse los archeros a conducir a Elvira al suplicio, estaba ya en pie el impasible verdugo y repetía por tercera vez el rey de armas su grida de ¡he aquí el d juicio de Dios! cuando se notó que Su Alteza hacía señal de suspensión con el pañuelo. Alzado en pie entonces el justicia mayor:
-El combate nada puede probar ni decidir -clamó en alta voz-. La condesa doña María de Albornoz vive, y don Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su muerte.

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