El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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No creyó, sin embargo, oportuno abrumarle con reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado de no haber acabado como creía con el hombre que le había ofendido en lo más delicado de su honor, y cuya muerte había jurado, suplicó al conde le permitiese adelantarse en su excelente caballo para advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa, según le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por esta vez a su furor el doncel, si estaba todavía aprisionado, como debía de presumirse de su ausencia en el combate.
Advertida de allí a poco en el palenque la fuga del conde y de los suyos, fue tal la indignación de Su Alteza al verse de esta manera burlado por su mismo pariente a quien tantos favores había dispensado, que a pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y de Elvira pudieron más con él las sugestiones del pérfido judío Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unía su suerte a la del caído maestre, y como buen palaciego, fue el primero que manifestó la mayor indignación contra Villena. Despachó, pues, el Rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle a su presencia vivo o muerto, y de salvar a toda costa al doncel de su venganza, si existía en su poder todavía, como debía sospecharse de las informaciones que dio sobre el caso Peransúrez.
Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor de la ley por una parte, y por otra de cooperar a la libertad del doncel, que tan noblemente había abrazado su causa desde un principio, y que por ello se veía en inminente peligro, se decidió a seguir al justicia mayor a Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y Peransúrez; aturdida todavía aquélla con los singulares y opuestos acontecimientos que habían pasado en aquel día, y fieles los otros dos, como siempre, a la generosa empresa que habían abrazado. La impaciencia que a los cuatro animaba no les permitió esperar a la partida más lenta del justicia mayor y de su tropa.

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