El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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No osaba preguntar por no delatarse a sí mismo; pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto como si fuese a cosa hecha o llevase alguna orden y se acercó adonde caía efectivamente la escalerilla que daba entrada a la prisión del doncel. Felizmente conservaba todavía las llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se ocupaba en distribuir atalayas en las murallas y en examinar de continuo el campo por ver de divisar a Rui Pero, de quien no dudaba que volviese con su presa.
Quedábale que vencer a Hernando una dificultad. En lo alto de la escalera había un centinela a quien Ferrus había encargado la vigilancia.
-¿Quién va? -preguntó éste a Hernando, luego que le vio acercarse.
-Compañero -repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun de relevarle, si podía-, ¿cae hacia esta parte la prisión?
-Atrás. Parece que es nuevo el compañero según la pregunta. Aquí cae; pero atrás.
-Ved que os vengo a relevar. ¡Voto va! podéis iros a descansar.
-¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta facción?
-¡Malo! -dijo para sí Hernando.
-No conozco yo la voz de ese compañero -dijo entre dientes el centinela, armando su ballesta-. ¡Ea! atrás digo.
-¡Cuerpo de Cristo! -exclamó furioso Hernando, viendo que su astucia no había surtido efecto- ¡si no conoces mi voz, jabalí, conocerás mi mano -dijo, y se abalanzó sobre el contrario. Retrocedió éste gritando «Traición! ¡Traición!» y disparó su ballesta; recibió Hernando la saeta en el brazo izquierdo; pero no haciendo más caso de ella que de la picadura de un insecto, levantó su mano de hierro, y asiendo del centinela por la garganta, alzóle del suelo, dióle dos vueltas en el aire con la misma facilidad y desembarazo que da vueltas un muchacho a su honda, y despidiólo contra la pared del corredor, donde produjo el infeliz un chasquido hueco, semejante al de una inmensa vejiga que revienta, cayendo después al suelo sin más acción que un costal o un haz de fajina. Arrancóse en seguida la saeta del brazo Hernando, y pasándola por los talones del vencido, colgólo en la pared de una fuerte escarpia que servía para suspender de noche una lámpara, donde le dejó cabeza abajo en la misma forma que hubiera hecho con un venado.

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