El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Sin reparar en la sangre que de su herida corría, abalanzóse después Hernando con las llaves a la escalera, la cual bajó con la misma priesa y ansiedad y latiéndole el corazón con la misma fuerza que si le esperase abajo una querida que fuese a ver solo por primera vez.
El desdichado doncel, que ningún ruido había vuelto a oír desde su encierro en aquel subterráneo, si no era el monótono rumor del torrente, que casi debajo de sus pies corría, paseaba entretanto su estancia con paso largo y precipitado, indicio de la agitación de su alma.
-¡Elvira -decía hablando con su señora-, Elvira, he aquí el estado infeliz a que ha reducido tu obstinación a tu amante desdichado! ¡Te lo predije! ¡No oíste mi voz! ¡No creíste mis palabras! Goza ahora, goza tranquila en los brazos de tu esposo esa felicidad maldecida que yo solo perturbaba. ¡Ah, traidor Villena! ¡Ah, fementido Hernán Pérez! ¡De esta suerte me venceréis! ¡Yo siento su mano aún dentro de la mía! ¡Siento su corazón latir fuertemente contra el mío; la veo, la oigo; sus lágrimas ardientes corren aún a lo largo de mis mejillas! Su voz trémula y agitada, su voz ronca de pasión, ahogada por el amor, pidiendo piedad y misericordia, resuena aún en mis oídos. La estrecho entre mis brazos. Día y noche desde entonces siento sobre mis labios la opresión dulcísima, el calor inmenso de los suyos. ¿No lo sientes, Elvira, tú también? ¡Nunca se apagará este ardor y esta memoria! ¡Es fuego, es fuego, es el amor entero, es el infierno todo sobre mis labios desde entonces!
El mayor abatimiento sucedió a este corto extravío de la razón del doncel. Una llave sonó de repente en la cerradura de su prisión, y un momento después se hallaba en los brazos de Hernando. No acababa el prisionero de creer a sus ojos.
-Ea, señor -dijo Hernando, después de una breve pausa-, conoce a tu montero. Toma esta espada. No es la tuya, señor; es la de un villano; pero en tus manos será la del Cid. A mí me basta un venablo.

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