El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Suspendiéronse a la voz de entrambos los combatientes, y Hernán Pérez solo se precipitó tras Macías en la prisión. No pudo evitar esto Hernando, ni menos que Hernán Pérez, dentro ya con su rival, corriese un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agobiado por el número de los que le rodeaban y querían rendirle, quedó en la escalera jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedía ayudar a su señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo a dos de los que más cerca tenía y abrióse paso por entre los demás, aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en seguida sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero que tocase a su amo, y asiendo al juglar de la garganta:
-¡Villano -le gritó-, condúceme a las cadenas del rastrillo de la prisión o eres muerto!
No osaba llegar a Hernando ninguno de los del castillo temerosos de que clavase el venablo en su alcaide a la menor contradicción; Ferrus, entretanto, aterrado:
-¡Ah, señor! -exclamó-; si me perdonáis la vida, yo os llevaré donde gustéis.
-Ea, pues, vamos -replicó Hernando, y llevándole siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo trémulo le guiaba.
Entretanto luchaban animados de igual furor Hernán Pérez y Macías, cerrados en la prisión. Pocos golpes habrían dado y recibido, cuando resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas y el estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la condesa fuéles abierto el puente.
Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurría, hacia la prisión del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde que se forzase la puerta, operación a que se dio principio con la mayor actividad.
Doña María de Albornoz y Peransúrez, no conociendo más camino a la prisión del doncel que aquel que ellos habían andado antes de la fuga, se dirigieron, por el contrario, entre la muralla y la zanja, llegaron al frente de la prisión, oyeron el ruido de las armas de los combatientes y el estruendo de los que por el opuesto lado forzaban la puerta que había cerrado Vadillo; pero ¡cuál fue su sorpresa cuando vieron el espectáculo que se ofreció a sus ojos! Hernando, asomado a una galería sobre la prisión, desde donde se soltaban las cadenas del rastrillo, tenía asido aún al juglar y lo ahogaba casi con su mano, intimándole que le ayudase a soltarlas.

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