El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Ferrus, sin embargo, que sabía el horrible secreto del rastrillo, por el cual no podía pasar nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos en los muchos pinchos de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor quería explicarse porque no tomase luego Hernando mayor venganza de la catástrofe que debía de seguirse a la bajada del rastrillo. No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus ahogar, hubo de ceder y ayudó a Hernando como pudo a soltar las cadenas.
-¡Sálvate, Macías, sálvate! -gritó desde arriba Hernando con voz que retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció a los ojos de doña María y de Elvira el horroroso combate.
-¡Cielos! -exclamó Elvira-. ¡Bárbaros, teneos! ¡Tomad mi vida, tomadla! -precipitóse Elvira hacia la prisión, y puesta en el borde del abismo-: ¡Macías! -clamó sin podérselo nadie impedir-. ¡Hernán Pérez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate o este precipicio será mi tumba!
No volvió siquiera Hernán Pérez la cabeza, antes más encarnizado que nunca al oír la que causaba su implacable rencor, redobló sus golpes. No sucedió así al doncel -volvió la cabeza rápidamente, y al ver a orillas de la zanja a Elvira, pronta a precipitarse en ella, desasióse del hidalgo, a tiempo que caía hecha pedazos la puerta de la prisión con horrible fragor y que se entraban dentro don Enrique y los suyos.
-¡Elvira! -gritó Macías saliendo de la prisión-. ¡Elvira! -lanzóse en seguida al rastrillo.
-¡Perdón! -gritó con voz desesperada Ferrus a Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso del caballero que la oprimía, hundióse el doncel súbitamente, y su cuerpo destrozado llegó a lo profundo de la sima, dando de hierro en hierro y profiriendo sordamente:
-¡Es tarde! ¡Es tarde!
Un chillido agudo y desgarrador, lanzado del pecho de Elvira, resonó hasta el mismo corazón de los espectadores espantados. Un momento de pausa y de terror se siguió.
-¡Malvado! ¿Lo sabías? -gritó únicamente Hernando desesperado, y se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecía resistencia alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja-: ¡Brabonel! -gritó-, ¡Brabonel! ¡Al oso!, ¡al oso! -y lanzó en medio de la galería al juglar que corrió un momento huyendo del animal.

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