El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Se presume que privado de su amo, que era el único que podía hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió a manos de un oso más feroz que él.
Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el imprudente medio de que se valió para conservar, aun después de lo ocurrido, su maestrazgo, diciéndose en público impotente, sólo contribuyó a dar a todos una idea más clara de su baja ambición. Los ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró a sus estados a llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico entregado a las letras, para las cuales había nacido, más bien que para las armas o la corte. Es cosa sabida que, después de su muerte, quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que había sido.
Don Luis de Guzmán, restablecido de sus heridas, fue elegido maestre de Calatrava por el capitulo de la Orden.
Nadie, entretanto, había visto a Elvira desde el momento en que empezó el combate y la confusión. Buscósela de orden de la condesa muchos días, porque el rencoroso Hernán había jurado no volver a recordar nunca su nombre; fue imposible, empero, dar jamás con ella; tanto, que el fiel pajecillo, desesperado de la pérdida de su hermosa prima, no pudo resistir a su dolor y tomó de allí a poco el hábito en una orden religiosa.
Es fama únicamente que durante el combate se vio en diversos puntos de la muralla, sin temor alguno ni a las armas, ni a los combatientes, ni a las llamas que consumieron aquella noche el castillo sin saberse quién las hubiese prendido, una mujer desmelenada, agitando con ademán frenético una antorcha en medio de las tinieblas y gritando con feroz expresión.
-¡Es tarde!, ¡es tarde! -lema antiguo del fatal castillo.
No faltó en la comarca quien creyó que sólo podía ser la mora encantada la que parecía triunfar, con bárbaro regocijo, de la destrucción de su antigua cárcel, repitiendo el fatídico: «Es tarde!»

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