Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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CLARO, CAPITANA. LO ENTIENDO. ULTIMAMENTE NO CANTA MUCHO, ¿VERDAD?
Da gracias al cielo de que no lo haga. Prefiero hablar conmigo misma.
TAMBIÉN HABLA CONMIGO.
Eso resulta tan divertido como hablar conmigo misma.
LAMENTO DECIRSELO, PERO A VECES PUEDE SER TERRIBLEMENTE GROSERA. NO ME EXTRAÑA QUE ANGIE NO QUISIERA JUGAR CON USTED.
No la veía con mucha frecuencia. Lo único que hacíamos juntas era meternos en la red, y a veces papá nos llevaba a Serenidad para que viéramos las naves.
Allí fue donde perdimos a Angie... Cuando éramos niñas nos gustaba ir a Serenidad, aunque cuando io recuerdo supongo que tampoco era un sitio tan interesante como nos parecía entonces. Los Años de la Gran Carrera ya habían quedado muy atrás. Nadie se posaba allí salvo si no tenían otra elección. Las naves estelares pasaban de largo. No había nada que ver salvo pequeñeces..., lanzaderas y cargueros de cercanías. No pretendo ofenderte, Alice.
Todos los habitantes de la Luna son unos fanáticos de la austeridad y el trabajo de equipo, y los que no lo son... Bueno, supongo que son gente como mi mamá y mi papá, gente que tenía tantas ganas de salir de la Tierra como cualquier hijo de vecino y que no poseía las agallas o las conexiones necesarias para conseguir un permiso de trabajo en un orbital. Solíamos ir allí para verles llegar. Siempre parecían aturdidos y vagamente desilusionados. Turistas nerviosos que no podían permitirse el ir más lejos o que no podían soportar la idea de seguir adelante, pasajeros que sólo tenían dinero para viajar en la tarifa más barata y hacían una escala, parejas gordas que se habían tomado unas vacaciones y rebotaban de un lado a otro como mocosos entusiasmados con la baja gravedad y se extasiaban contemplando los recuerdos y las joyas baratas hechas con polvo lunar, burócratas que tenían la piel de un color grisáceo y que vestían uniformes grises... Siempre discutían con los empleados quejándose de los horarios y se amontonaban delante de los teléfonos. Mi papá no paraba de repetirme que debía mantenerme lo más lejos posible de esa gente, y siempre tenía miedo de que hubieran venido a buscarle para reclamar todos los impuestos que había dejado de pagar. También había ingenieros con gafas encima de sus terminales y unidades flotando pegadas a sus talones, equipos de bola-red de la Iglesia de la Estrella que Nos Guía -oh, ésos tenían cuerpos perfectos y montones de dientes blancos que relucían-, y de vez en cuando llegaba un grupito de personas a las que habían obligado a emigrar, hindúes o chinos vestidos con pijamas fabricados en serie que arrastraban los pies y caminaban muy despacio sin separarse los unos de los otros.

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