Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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Había listados de papel amarillento y documentos que creía haber perdido; tubos de cerveza Shigenaga vacíos y llenos; un surtido de rotuladores muy maltratados y unas cuantas prendas de ropa interior de color grisáceo; un mugriento par de zapatillas para gravedad cero; una caja aplastada que contenía dos tampones orgánicos; un comprobador de circuitos; un destornillador inercial; una bolsa de caramelos con sabor a fruta francamente rancios y un libro de bolsillo con el lomo agrietado, las páginas llenas de arrugas y la cubierta fundida y sin imagen.
-¿Por qué llevo toda esta basura allí donde voy?
Los eladeldis habían acudido a tal velocidad que ni tan siquiera había podido ver qué había sido de la barcaza con las efigies de los capellanos. Tabitha pensó en el muñeco que se había ido doblando sobre sí mismo y dejó escapar una risita. Se preguntó qué tal estaría el perk.
No era el fin del mundo. ¿Qué multa podían ponerle? No sería mucho dinero... Quizá pudiera cambiar unos cuantos trayectos por el cristal y transportar un par de vainas y venderlas en el mercado libre para pagar la multa. No había podido acudir a su cita con Triste y eso la cabreaba, desde luego, pero ya encontraría otros trabajos.
Tendría que encontrarlos.
Tabitha no tardó en aburrirse. No había nada que hacer. Pensó en distraerse tocando su armónica, pero la armónica parecía ser el único objeto e su propiedad que no se hallaba dentro de su bolsa de viaje. Recordó el tiempo que había pasado arrestada en Integridad 2. Al menos las celdas de allí tenían música ambiental... Claro que la atmósfera también contenía drogas que te atontaban. Un vídeo que funcionara con monedas en cada celda... Sí, sería una buena idea, tan buena que no entendía cómo aún no se le había ocurrido a nadie. El perfecto público cautivo...
Tabitha bostezó. Se enroscó sobre sí misma, volvió la cara hacia la pared y cerró los ojos.
El tiempo pasaba muy lentamente. Estaba agotada, pero no conseguía conciliar el sueño. De vez en cuando oía pasos y voces ininteligibles o el zumbido de alguna unidad. En un momento dado oyó un grito y un ensordecedor estruendo metálico. También había otro ruido, una especie de silbido continuo tan débil y agudo que apenas podía oírlo. No sabía si procedía de las paredes o de sus oídos.

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