Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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Parecía un loro, pero podía cantar, y Tabitha creía recordar que los loros no cantaban. El bicho tenía una voz dulzona y temblorosa, y la canción decía algo de un pájaro amarillo subido a la copa de un platanero.
Carlos no estaba. Tabitha dejó un mensaje diciendo que le llamaría después mientras pensaba que había muchas probabilidades de que no volviera a llamarle. Su situación ya era lo bastante mala. Quizá debiera largarse a Fobos o a Longevidad para averiguar si había algún trabajo disponible, aunque el ir allí tampoco garantizaba que lograra encontrar a alguien que no se hubiera tomado unas vacaciones para asistir al carnaval.
Tomó un sorbo de cerveza mientras observaba al tipo del guante. No estaba nada mal, desde luego... Tenía el cabello negro y lustroso, y la piel muy bronceada. Vestía una elegante blusa escarlata y blanca, pseudopantalones y mocasines. Y, aparte de eso, parecía tener talento aunque el guante de inducción neural ya estaba un poco anticuado incluso en Schiaparelli, donde todo parecía tardar una eternidad en esfumarse. El sonido era potente y límpido y poseía la ágil fluidez típica de la música electrónica, pero el trémolo de la melodía era tan delicado que sólo conseguías distinguir las distintas notas que la formaban. El tono de la melodía subió y bajó y acabó escindiéndose en dos partes que armonizaban la una con la otra. La clientela de la Cinta de Moebius aplaudió. El pájaro se quedó inmóvil sobre el hombro del tipo, cerró los ojos y apoyó la cabeza en su mejilla mientras emitía una especie de murmullo fantasmágorico que hacía pensar en una canción de cuna sin letra.
Heidi pasó el trapo junto al codo de Tabitha.
-¿Otra? -preguntó.
-De acuerdo -dijo Tabitha apurando su cerveza. Se tomaría otra cerveza, haría un nuevo intento de llamar a Carlos y saldría de allí-. Ahora vuelvo, Heidi -dijo, y fue hacia el teléfono.
Carlos aún no había vuelto. Su foto sonriente le pidió que dejara su hombre y su número. Tabitha golpeó la pared con el puño.
-Has ido a alguna fiesta, ¿eh, Carlos? Espero que te estés divirtiendo, porque puedo asegurarte que yo no.
-¿Se ha equivocado de número? -preguntó una voz por encima de su cabeza.
Tabitha alzó los ojos y vio al tipo del guante y el pájaro bajando la escalera. Habían terminado su número y volvían al feo y húmedo sótano que el propietario del local se negaba a redecorar porque no quería alterar su "atmósfera clásica".

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