Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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Los cables untados de grasa se le clavaban por todas partes. Su posición hacía que sólo pudiera ver el hueco donde había estado el techo de la Alice Liddell y sólo con un ojo. Algo verde salió volando de la bodega. Era Tal.
Marco había logrado liberar sus brazos y estaba intentando apoyarse en las rodillas para quedar erguido. La red osciló, Marco perdió el equilibrio y le clavó una rodilla en los riñones.
-¡Ay!
Un instante después ya estaba en pie y se apartaba de un salto para permitir que Tabitha se colocara en una posición un poquito más cómoda.
Estaban saliendo del hangar. El crepúsculo azulado emitió un último parpadeo y se extinguió. La baliza había dejado de funcionar.
-Ah... -dijo Tabitha-. Uh...
-¿Estás bien? -preguntó Marco con voz preocupada-. Tabitha, ¿te encuentras bien?
Tabitha intentó darle un puñetazo. El brazo se le enredó en los cables y su puño chocó con la sien de Marco, pero el movimiento hizo que se le escurriera un pie por entre los cables. Tabitha se derrumbó de lado lanzando gritos de furia.
La red entró en la oscuridad de la caverna que había encima del hangar. Los Gemelos colgaban de los cables sobre las cabezas de Tabitha y Marco en elegantes posturas náuticas con los pies firmemente incrustados entre los cables. El suelo de los muelles se iba alejando por debajo de ellos. Las señalizaciones luminosas de los carriles brillaban con un resplandor cada vez más débil, y chorros de llamas verdosas surgían de la nada para surcar la penumbra durante unos momentos y extinguirse.
Tabitha logró quedar arrodillada.
-Tú... -gritó alzando la cabeza hacia Marco.
-Lo sé -dijo él-. Lo siento. De yeras, lo siento mucho... Por favor, dime que te encuentras bien.
-¿Bien? -le gritó ella con la boca casi pegada a su nariz-. ¿Que si me encuentro bien?
La red les llevó a través de una entrada oblonga recubierta de baldosas irregulares que parecían estar llenas de espuma jabonosa y a la inmensa explanada bañada por una áspera luz ambarina que había al otro lado. La explanada albergaba veinte vías que terminaban en muelles radiales. Una supervisora de unidades de cara suspicaz vestida con un mono emergió de su cabina para observar su llegada. Las cuentas multicolores en que terminaban
sus trencitas casi le ocultaban el cuero cabelludo.

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