Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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Apretó el paso y siguió a Xtasca. El Querubín iba en línea recta hacia los ascensores.
Dieciocho minutos. Diecisiete. Dieciséis.
Cuando llegó a los ascensores volvió a evaluar las probabilidades de salir bien librada que tendría si les dejaba, volvía lo más deprisa posible a la Alice e intentaba huir en ella. Sus perspectivas de conseguirlo no parecían demasiado buenas.
Intentó consolarse pensando que la función quizá acabaría a tiempo y que el número de cabaret de los lunáticos terminaría antes de que los gigantescos y lentos engranajes de la maquinaria policial de dos mundos consiguieran sincronizarse para aplastarla o antes de que los policías de Plenty recibieran un mensaje de los eladeldis ordenándoles que requisaran la Alice. En caso contrario se aseguraría de que Marco Metz no tuviera más remedio que sacarla del apuro. Si se metía en algún lío por su culpa, Marco tendría que pagar todos los platos rotos.
Una cápsula abrió sus puertas y se apelotonaron dentro de ella. Subieron, subieron y subieron hasta llegar al Jardín Mercurio, el punto más alto del caparazón de tortuga que es Plenty.
El Jardín Mercurio ha vuelto a abrir y cuando Marco Metz actúa en él nunca hay ni un solo asiento libre. Marco se ha dado prisa y ha sabido explotar la curiosidad popular y el lógico deseo de ver a los principales protagonistas de nuestra aventura. Esa noche el local no estaba muy concurrido. La clientela compuesta mayoritariamente por humanos-, consumía cenas no demasiado apetitosas y lanzaba alguna que otra mirada a sus relojes o al escenario vacío.
Casi ninguno de ellos tenía la más mínima idea de qué o quién era Contrabando, y no había ninguna atmósfera de expectación. Los comensales se
quedaban a ver el espectáculo, pero sólo porque habían gastado todo su dinero en las galerías de tiro y los casinos y no tenían ningún sitio mejor al que ir. Los camareros de metal plateado rodaban cansinamente alrededor de las mesas, yendo y viniendo de un lado a otro con sus bandejas medio vacías.
El Jardín Mercurio es un anfiteatro natural o, por lo menos, es todo lo natural que puede serlo algo en Plenty. El local ocupa una caverna imponente que sirvió como centro de mando del enjambre frasque, una especie de cuenco protegido por un techo oscuro en forma de cúpula tachonado por claraboyas esparcidas al azar detrás de las que se puede ver el brillo distante de las estrellas.

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