Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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Una vez eliminadas las mesas, el Jardín Mercurio es capaz de acomodar a varios millares de espectadores dispuestos alrededor del escenario, un rugoso pináculo de la misma materia prima con que está hecha toda la estación y que, como ya he dicho, es muy parecida al cuerno o al hueso. Hubo un tiempo en el que la Reina de los frasques ocupó este lúgubre podio que brota del centro de la caverna para emitir sus estridentes decretos mientras las ruidosas masas de sus súbditos se arrastraban y se pisoteaban los unos a los otros, agitándose por toda la hondonada rocosa que se extendía debajo de ella.
Cuando Tabitha llegó allí acompañada del grupo Contrabando la oscura grandeza primigenia de ese ambiente bárbaro quedaba un poco disminuida por el despliegue de globos luminosos, baterías de instrumentos emisores de haces musicales e hileras de monitores audiovisuales. Un mediocre número de discoteca intentaba interesar a la clientela y no lo estaba consiguiendo.
-Este sitio nos gusta mucho -le confió Saskia deslizando su brazo sobre el de Tabitha.
-Tiene atmósfera-dijo Mogul.
-El público es bastante soso-admitió Saskia.
-Pero nosotros somos magníficos -afirmó Mogul.
El plazo de Tabitha acababa de expirar. El universo iba a desaparecer y estaba muy cansada. La Alice Liddell había sido confiada a sus cuidados. Si no conseguía conservarla, mantenerla a punto y protegerla de las garras de esas autoridades arbitrarias siempre dispuestas a interferir en la existencia de las personas corrientes..., entonces perdería su medio de ganarse el sustento, su hogar y su autorrespeto. Lo perdería todo. Marco empezó a revolotear alrededor de ella consiguiéndole una buena mesa y pidiendo una botella de un vino muy caro que no quería y una comida que no tenía apetito para engullir. Tabitha decidió desconectarse de cuanto la rodeaba.
-Seguid con lo vuestro -le dijo con ferocidad.
La gente les estaba mirando.
La intensidad de las luces fue disminuyendo poco a poco. El espectáculo iba a empezar.
Era un número bastante sofisticado y elegante. Tabitha picoteó su comida y esperó a que terminara.
Mogul estaba sentado en el centro del escenario con las piernas cruzadas tocando un teclado diminuto del que brotaban sonidos que hacían pensar en una bandada de gansos volando a gran distancia de allí.
Tal empezó a gimotear una melodía atonal.
Cuando llueve en el cielo

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