Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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No creas que en la cama no hago más que dor­mir. No, Carabín: medito, siento, imagino, leo, escribo... Justamente ahora doy principio a una obra, si no te parece ambiciosa la palabra, a una obra muy interesante para el curioso lector, que soy yo mismo, yo solo. Ea, con Dios, Ambrosio: queda con Dios, y no me desprecies de­masiado. Y, en último caso, despréciame mucho... pero no me mandes madrugar.
El que habría hablado de esta suerte al portero, de haberle oído, es el principal personaje de estas memorias, el que tiene el honor de dirigirse la palabra, el autor, yo, D. Narciso Arroyo. Tengo treinta y seis años, ninguna cana, pocos desengaños, ninguno de esos personales que llegan al corazón; creo haber amado bastante, he creído lo suficien­te, no me remuerde la conciencia por ninguna gran picardía de acción
o de omisión; y no emigro de España porque cuando sueño que estoy lejos de la patria me dan amagos de disnea, allá entre pesadillas. Ade­más, por lo que he visto de la tierra en los periódicos ilustrados y en Le Tour du monde, todo viene a ser lo mismo. Toda la humanidad se ha retratado, y ya no quedan más que dos tipos: o se trae corbata o se en­seña el ombligo; o se sujetan con el corsé las sagradas fuentes de la vi­da o se dejan resbalar languideciendo. Otrosí, estoy enamorado de esa torre, estoy enamorado de ese monte. ¡Ay, sí! ¡Bien enamorado, mucho más de lo que yo sabía! Ayer pasó junto a mí Elvira (como yo soy el lector de estos apuntes, no necesito explicarme más; Elvira: demasiado sé yo quién es Elvira). ¡Qué vieja! Sí, esto pensé: ¡qué vieja! Estos ojos suyos no son ya aquellos ojos míos. ¿Se le apagaron a ella, o se me han apagado a mí? A ella, a ella sin duda. Y, si no, veamos. Ahí están la to­rre, el monte, que no han engordado, que no palidecen. Y no es que no se gasten... sí se gastan algo, el monte sobre todo: está más triste, más comido por las canteras; se va quedando algo calvo de robles y de cas­taños; pero, con todo, son los mismos, y yo siento por ellos más, mucho más que sentía hace veinte años y hace diez, y veo en ellos lo que en­tonces no veía.

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