Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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Tienen, de esto que sigo llamando mi alma, mucho más de lo que yo pensaba. ¡Y el cristianismo, el santo cristianismo, que me ordena amar más a D. Torcuato, el primer teniente alcalde, que a esa torre y que a esa montaña! Es que el cristianismo no conoce bien a D. Torcuato. ¡D. Torcuato Angulo! Parece hecho por el diablo para probar que no hay Dios. ¡D. Torcuato! Nunca le perdonaré el susto de la otra noche. Fue como sigue. Estaba yo acostado. Iba a dormirme, ya apaga­da la luz, cuando de repente recordé que Angulo había dicho de mí, en la confitería, que yo era ateo. La conciencia clara, clarísima, de que val-go más que Angulo, de que éste es un ser miserable hasta el asco, me
dio remordimientos y me arrojó en los tiquis miquis de los escrúpulos de vanidad, soberbia, falsa filosofía, unción superficial y puramente artística con que suelo atormentarme en cuanto tomo la postura supina si no he trabajado con intensidad durante el día. En vano buscaba, en el fondo de esto que llamo el alma, actos de humanidad y caridad para quedar tranquilo, dormirme y acabar de una vez. Nada: la obsesión persistía. D. Torcuato no era digno de ser amado: ni metiéndole en la cuenta del gran todo, sumándole con lo Infinito para que pasara sin ser notado, conseguía yo hacer tolerable a aquel gandulazo. Y no había modo de dormir. Nada, una de dos: si yo no encontraba el lugar armó­nico que en la realidad y en mi corazón ocupaba necesariamente Angu­lo, no había tal realidad una, ni yo era un verdadero pensador, ni una persona decente: había que amar a D. Torcuato y explicárselo. Por poco me vuelvo loco. Claro: aquel ir y venir de argumentos en que el suelo se venía abajo de minuto en minuto y se volvía arriba, aquel círculo de contradicciones y aquella angustia metafísica, trajeron, como siempre, la excitación nerviosa, las náuseas, el miedo a la enajenación mental, y el sueño triste y lleno de visiones desanimadoras, que es lo peor que saco de estas campañas estériles.

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