Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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Aquello era para mí lo más doloroso y el símbolo de la ruina universal y, sobre todo, de mi propia ruina. Mi ruina era inmensa: aquel velo de puntos que había entre mis ojos y el mundo me decía que la hermosa vida, que ya no era hermosa, no era para mí. Yo venía a ser un príncipe, más, un empera­dor del ancho mundo, a quien habían destronado durante una enfer­medad peligrosa. Como Gil Blas se levantó del lecho sin sus doblones, yo me levanté sin mis ensueños de rapaz ambicioso y fantaseador. Por eso no tiene nada de particular que cuando me ponía a escribir versos los dejase siempre sin concluir, aun sin mediar; porque tanta desespe­ración había en las primeras estrofas, tanto anhelo del aniquilamiento universal, que ya no había nada más que decir en este sentido, no cabía apurar más la gradación del desencanto, y no merecía en el mundo co-sa alguna el esfuerzo de seguir buscando consonantes no vulgares, única clase que yo admitía; trabajillo que acaso entraba por algo en el abandono de todas mis tentativas rítmicas. Mientras fui niño, proximus infantiae primero y proximus pubertali después, fui absolutamente épico en mis lecturas y épico y dramático en mis escritos y en mis aspi­raciones: leía novelas de aventuras y de pasión, historia, política, viajes y su poquito de filosofía; poemas y versos clásicos que no entendía; hacía alarde de mi erudición y de la imaginación siempre exaltada; contaba a mis amigos cuentos que yo iba discurriendo según los conta­ba, y escribía comedias y dramas a docenas, alguno de los cuales repre­sentábamos en teatritos caseros, en las guardillas y desvanes. Enfermé, y, al volver tristemente a la vida, mi alma era ya toda lirismo. Había
perdido mis comedias, olvidado mis lecturas en gran parte, despre­ciándolas casi todas; y hasta la ortografía, que había aprendido bien de chiquillo y que días antes de caer en cama noté que se desvanecía de mi memoria, hasta la ortografía, tuve que volver a cultivarla, porque siempre tenía presente la anécdota de: -Orestes se escribe sin h- y me daba mucha vergüenza el contraste de mis cavilaciones y profundida­des escritas con el mal uso de las haches y el abuso de las ges o las jo­tas.

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