Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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Era durante el verano mi larga convalecencia, prolongada en mis adentros, cuando ya los médicos me daban por restablecido comple­tamente. Estaba yo en la aldea, en un valle frondoso, muy retirado, an­cho y largo, limitado por colinas suaves, de líneas graciosas cubiertas hasta la cima de árboles copudos. No sé cómo llegó a mis manos una edición diamante de las poesías de Leopardi, más algunos artículos que hablaban de su vida y comentaban sus pensares y sus dolores. Por la primera vez me picó en el alma la idea del ateo, del ateo honrado, digno de cariño, del ateo hermano. Leopardi no creía en Dios, no vol­vía los ojos del alma a la Providencia, al Padre Espiritual; y a pesar de esto, que era entonces para mí un horror, en mi corazón, intolerante en su inocencia, nacía, como un pecado, una lástima infinita, una dulcísi­ma aunque desesperada intimidad de dolores con el solitario de Reca­nati. Muchos años después he leído en Parerga y Paralipomena de Schopenhauer, que el aburrimiento es patrimonio de las almas inferio­res. No hay que decir estas cosas tan en absoluto: hay muchas maneras de aburrimiento. El vacío, el que consiste en la ausencia de espacio pa­ra la imaginación, es ciertamente propio de los jugadores de tresillo; pero el aburrimiento, que fue la décima musa del poeta de Recanati, es diferente aunque no en todo. Las dudas o las negaciones de la volun­tad no son propias de los hombres vulgares, como el mismo Schopen­hauer viene a reconocer en el mismo libro; y esas negaciones y esas dudas, las dudas sobre todo, engendran esa otra especie de aburri­miento dignificado por su objeto y por el dolor positivo que causa. El ateísmo de Leopardi es de los más tristes, porque es un ateísmo de so­ñador, de místico sin divinidad; es decir, lo infinito como teatro, pero sin personajes, sin drama. Para mí el ateísmo de Leopardi fue siempre más triste, más simpático, que el de los más grandes poetas modernos, ateos también. El ateísmo de Shelley es toda una tesis, una filosofía ba­tallona, hasta una especie de palingenesia.

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