Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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El ateísmo de los modernos poetas indianizantes, de los amigos del nirvana, me parece menos in­mediato, menos sentido, que el de Leopardi, y, lo que más importa pa­ra el caso, más divertido, menos doloroso. Estos orientalistas no se aburren: se duermen, y sueñan formas hermosas, libres de la congoja metafísica. El ateísmo de Leopardi está continuamente ligado a un es­piritualismo que, una vez muerto Dios, encuentra inerte la naturaleza, estúpida, como la llama el Sr. Feuillet en una novela que está publi­cando estos días(1) (Honor de artista). Por eso la poesía de este desgra­ciado genio (de Leopardi, no de Feuillet) que para mí simboliza mejor su poesía, su carácter poético, es la canción de un pastor a la luna en una llanura de Asia. Nunca olvidaré el día, la hora, el sitio en que por vez primera devoraron mis ojos y tragó mi corazón aquella hiel. Aque­lla mañana de setiembre, calurosa, cenicienta en el cielo, había yo teni­do una extraña crisis nerviosa: había inventado salir a la huerta, al sen­tarme a almorzar, porque la casa se me venía encima; me ahogaba de tristeza, de imposibilidad de vivir así, si el mundo seguía pareciéndo­me tan inútil, tan descompuesto, tan ilógico, tan partido en moléculas sin cohesión... Me agarré a mi madre, di gritos de angustia, de espanto, y salimos juntos a la huerta. Paseamos un poco bajo las parras que formaban un pórtico. Ella me daba el brazo, me consolaba con frases que, por lo mismo que no llegaban a la inteligencia de mi desazón, de mi disparatada aprensión respecto de la realidad que me rodeaba; por lo mismo que eran una afirmación del mundo normal, lógico, bueno, una verdadera petición de principio; me confortaban, me distraían de mi alucinación interior, de mi locura pasajera inefable. Entre el cariño y el buen sentido me iban volviendo a la realidad verdadera, sana, con­sistente, continua. Pasó la angustia que llamaré intelectual impropia­mente. Nos sentamos sobre el pretil de la muralla que daba sobre el corral de abajo.
¡Oh, qué inolvidable aniquilamiento el que sentí un minuto des­pués de sentarme! Ha dicho un crítico francés de los del día que el do­lor físico es, si hablamos con sinceridad, mayor que el moral, en suma.

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