Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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Cuenta otro pedagogo que a los niños de muy pocos años se les puede imponer la voluntad ajena con afirmaciones rotundas, enérgicas, de que los mismos niños desean lo que se pretende que hagan. El infante toma por voluntad propia la sugerida de esta suerte. Pues bien: a los jóvenes se les hace tomar por dictado de la razón lo que es dictado de la opinión de un hombre que tiene a sus ojos mucha autoridad. Los cambios de la opi­nión (aparente) de muchos jóvenes, librepensadores y todo, se deben a imposiciones de este género, tanto más fuertes y peligrosas cuanto que no son reconocidas. Tal vez parte, no digo más que parte, de la causa por que Hegel influyó tanto en el pensamiento moderno, consiste en esto.
Sí: los filósofos, los poetas, los moralistas, etc., etc., que hablan como dictadores, que mezclan elementos de voluntad, de energía en sus ideas, las imponen más fácilmente. Hegel, en efecto, en su Lógica, por ejemplo, nos llega a convencer de que seremos unos pelagatos inte­lectuales, unos cualquiercosa metafísicos, vulgo y nada más que vulgo, si no preferimos lo que él dice y quiere que sea la verdad a lo que el sentido común nos sugiere. Tal vez la famosa cuestión kantiana, la que es base del moderno escepticismo más o menos disimulado, la cuestión del fenómeno y del noúmeno, no pueda resolverla la humanidad nun-ca en un sentido satisfactorio para el valor real de la razón... sino por un acto de voluntad: no queriendo dudar de la correspondencia de lo representado con la representación. Schopenhauer debe gran parte de sus triunfos tardíos a su dandysmo filosófico, que se funda en un des­dén, querido con constancia, de las ideas contrarias a su sistema.
Pero ¿qué más? El secreto del triunfo inmenso de todas las gran-des religiones históricas está en los actos de fe, que no son en suma más que otros tantos martillazos de una voluntad de hierro descarga­dos sobre el cráneo, de hueso al fin, de la mísera razón humana.
Todas estas dudas, estas negaciones desconsoladoras, de que se queja el hombre moderno, el fin del siglo, ¿son racionales propiamen­te? ¿Ha dudado o ha negado cada cual por cuenta propia?

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