Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

Página 18 de 50

.. yo mismo sobre todo... como un engendro del llanto y de la caridad, nació en mi alma esta extraña idea: -La Virgen debió presentarse al pastor de Asia: ella, tan amiga de aparecerse a los pasto­res, a los adolescentes solitarios del campo, que meditan, en la somno­lencia de su inocente vida, debió presentarse, apareciendo detrás de la luna, al mismo pastor de aquellas soledades y bajar hasta ponerle en el corazón una mano, con lo cual bastaría para explicarle el porqué del mundo, el porqué de las vueltas de la plateada rueda, como llamó a la luna nuestro Fray Luis de León, un pastor de almas que llevaba a Ma­ría dentro del pecho. ¡Pobre Leopardi, pobre solitario de Recanati, alma llena de amor infinito y que no encuentra objeto para tanto amor, pues no hay enfrente de su cariño... no más que una infinita vanidad!
¿A quién mejor que al pobre poeta, joven, casi niño, tan capaz de comprenderla, tan capaz de amarla, tan inocente en su dolor, en su ne­gación dolorosa; a quién mejor que a este ateo bueno, a este huérfano del alma podía aparecerse María?
Y puesta a disparatar mi fantasía calenturienta, ayudada por mi corazón pasmado, llegué, al ocurrírseme aquellas cosas, que no eran blasfemias ni sacrilegios, dada la pureza de mi intención, llegué a de-sear volver atrás el curso del tiempo y resucitar a Leopardi, y hacer que la Virgen se le apareciera y le consolase.
Sí, sí: bien lo merecía. Además de lo dicho había otros motivos. Leopardi había amado a las mujeres del mundo, a las que en la cara, y hasta en el aire a veces, se parecen a María; había amado como sólo aman los grandes corazones solitarios, y las mujeres del mundo le habían desdeñado: no le quería Dios, que le dejaba negarle; no le que­ría la mujer... ¿Qué le quedaba ya, a no ser el regazo de María?
Y lloraba yo como un perdido ideando estas locuras; lloraba en aquella gruta artificial construida por nosotros; lloraba sin que nadie me viera, es claro; sin que nadie, ni mi padre, sospechara, ni con cien leguas, que había allí, tan cerca, quien llorase por estas cosas.

Página 18 de 50
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: