Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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Yo no recordaba nada de las circunstancias personales en que había visto aquello: ¿cuándo, con quién, cómo había estado allí? No lo sabía. Tampoco podía precisar la imagen antigua de ningún objeto particular: la reminiscencia era del conjunto y, por entonces, sin relación alguna a mi estado de aquel tiempo incierto. El resultado de aquella extraña evocación era muy pa­recido a lo que puede llamarse el recuerdo de un perfume o de una música; más de un perfume.
-Madre -pregunté no pudiendo contener la curiosidad, querien­do explicación para aquel raro fenómeno-, alguna vez allá, cuando era niño, muy niño, ¿me trajeron por aquí, bajé yo al Castillo?
Mi madre no recordaba.
-Lo que es conmigo nunca viniste: al menos yo no me acuerdo.
En rigor probaba poco o nada el testimonio de mi madre. Desde la muerte de su marido, para aquella mujer, que había envejecido de repente, la memoria no era más que una carga dolorosa. No quería bromas con el dolor, porque éste era tan fuerte para la pobre viuda que había estado a punto de matarla... y ella quería vivir para su hijo.
Antiguamente, en vida de mi padre, era un poco devota, tirando a mística, y algo romántica de la manera más inocente del mundo: gus­taba entonces de recordar las cándidas aventuras de su juventud, las cosas de aquellos tiempos. Ahora huía de todo esto, no pensaba más que en mí, en la hacienda, y el recuerdo de mi padre lo mataba, porque era demasiado peligroso, a fuerza de oraciones, disolviéndolo en pa­drenuestros. ¡Madre bendita! Su pena era tan grande, tan profunda, tan de los rincones del alma, que huía de ella con terror, como de la muer­te. ¡Así hice yo después con mis remordimientos! Sí: temía el dolor y había ido matando la memoria en lo que se refería a los años de vida conyugal y de sus amores: «mis relaciones con Narciso», como decía ella. Lo que tenía presente era su infancia: la mía no. Tenía miedo tam­bién al misticismo porque en la familia algunos devotos habían acaba­do en locos: ella misma había pasado temporadas de sospechosa exal­tación.

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