Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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Más de una vez, mucho más adelante, en los paseos, en los tea­tros, cuando iba Elena produciendo en transeúntes o espectadores la extraña y profunda impresión que en los más causaba siempre, vi yo, un día y otro día, a un vulgo y otro vulgo, explicar groseramente la sín­tesis de aquel efecto diciendo: -Es casi feúcha, pero tiene picardía; es picante, pero parece una... (¡y lo decían!) de la calle de tal (una calle mala). -¡Miserables! Mejor dicho: ¡imbéciles!
14 de enero. -Ayer fue día de asueto: yo no escribo en día 13. Continúo. -Pero, niñas -gritó D.ª Eladia-, ¿estáis locas? Tú, torbellino, ven a saludar a D.ª Paz, la señora de Arroyo, nuestra vecina.
Mi madre que ya no temía desaires, y que en cuanto vio a Elena se enamoró de ella también a su manera, salió al encuentro de la mu­chacha, la cual al verla se turbó un poco, y no encontró mejor manera de ocultar la vergüenza que le daba haber estado haciendo la chiquilla en presencia de aquella señora respetable que acercarse a ella, cogerla por los hombros y darle sendos besos en las mejillas. Entonces fue cuando mi madre, muy contenta, se volvió a mí y, sujetando por las muñecas a Elena, dijo con tono solemne, que quería ser cómico:
-Te presento a la pequeña de las de Pombal. -Y nos hizo darnos las manos.
-Sí, señor -dijo Elena-; la pequeña, que se come las sopas en la cabeza de la hermana mayor. -Y fue a unirse a Emilia para demostrar­lo; pero la mayor, que ya tenía confianza con nosotros, al verla venir le azotó dulcemente el rostro y se echó atrás de un brinco, diciendo:
-Y quedaste.
-¡Ah! -gritó Elena de un modo que me llegó al alma-. Y tras vaci­lar un momento, dudando si atreverse con la gran diablura, con la irre­verencia, con la locura que se le ocurría y la tentaba, añadió:
-Y quedó D. Narciso.
Y echó a correr después de rozar mi hombro con la propia mano con que me pedía silencio poco antes.

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