Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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-Pero, Elena, ¿qué es esto? ¡Dios mío! ¿V. ve, señora? ¡Y así toda la vida! -gritó, entre enfadada y risueña, la tía.
-Pero ¡Elena! -gritó cómicamente Emilia, que saltaba allá lejos, amenazando con huir si se la perseguía.
-Pero ¡Emilia! -exclamó Elena.
-Sí: tiene razón ésta: pero ¡Emilia! Tú, que debías dar ejemplo...
-¿Qué ejemplo, si este Arroyo es el infierno? ¿Verdad, D.ª Paz?
-Sí, hija mía: tiradle al río si queréis. ¡Es más soso! Anda, hombre, dale tú la queda.
-Si puede -dijo Elena, preparándose a correr.
No se me ocurrió que estuvieran locas las señoritas de Pombal. Por aquellas bromas, que en otras circunstancias, con otro ambiente, hubieran sido absurdas, se reveló de repente la cordialidad que debía existir entre las de Pombal y los Arroyos. Lo absurdo había sido estar tan cerca y no haber removido antiguas amistades.
Como estas situaciones, graciosas por lo excepcionales, lo pier-den todo si se prolongan, y jamás se prolongan entre personas de buen gusto y trato, la formalidad se restableció, al mismo tiempo que la tar­de se ponía seriamente triste, ocultándose el sol, para morir, en un su-dario de nube oscura orlada con espumas de oro.
Abandonamos todos el prado, despedidos por los respetuosos sa­ludos de los segadores y por sus miradas entre curiosas y burlonas, y llegamos hablando de cosas serias, de recuerdos de familia, al palacio de Pombal, al punto en que el sol se escondía por la parte del mar, in­visible, en una de esas apoteosis de luz que no olvidan los que saben recordar, mejor que sus rencores, las nubes de antaño. Todo esto se di­ce pronto; mas la impresión que me produjo la dulce manotada de Ele­na, y las cosquillas espirituales que me hacían sus ojillos mirándome de lejos en son de desafío, entre avergonzados y atrevidos... eso es un mundo entero, toda una creación con sus épocas inacabables.
Ni Leopardi, ni San Leopardi, ni mis arrobos místicos, ni los otros de pena, que venían a ser lo mismo, me habían llegado tan al alma co­mo la queda de aquella niña, que volvía del Prado a Pombal, entre se­tos y bajo pinares y castaños, detrás de mí, a pocos pasos, enlazada por la cintura a su hermana Emilia, oyendo con deleite a mi madre, que les hablaba de su padre muerto, de las relaciones de nuestras familias.

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