Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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Yo iba algunos pasos delante dando el brazo a D.ª Eladia, que caminaba solemne, majestuosa, con toda la majestad compatible con los tropezo­nes indispensables en tal mal camino, donde lo que no hacía una pie­dra lo intentaba la raíz de un árbol desenterrada y lo conseguía un hoyo de las huellas de las vacas, modeladas en el barro del invierno, que ahora parecía granito.
La tía corroboraba la triste o entusiástica crónica de mi madre con suspiros, movimientos de cabeza y breves comentarios.
Cuando, poco después, refrescábamos en la solana de la fachada norte del Pombal, éramos todos unos, amigos íntimos, antiguos, que pensaban como en un remordimiento en los largos años transcurridos sin tratarse. Volvían los Arroyos y los Pombales a juntarse, como dos ramas de un árbol que, recién enlazadas, y que, vencidas un momento por la fuerza, se separan, mas que al quedar libres vuelven de golpe a la antigua postura, a su abrazo.
El olor de las callejas por donde habíamos vuelto del prado, que era a madreselva, lo habían metido consigo en casa las chicas, que lle­naron de aquella fragancia sugestiva, de amor honrado, sin maléficos misterios, toda la sala, adornando los floreros y la misma mesa en que se nos servía el dulce de conserva verde en cajas redondas y de pino sutil, y el chocolate en loza fina, blanca y oro. Uno de los ramos de flo­recillas blanquecinas y hojas estrechas de verde oscuro, que yacía sobre el tapete, lo recogió Elena, y, ahuecándolo con poco, medio me lo en­tregó y medio me lo tiró al pecho, diciendo, con voz que procuró que fuera insignificante y le salió de una amabilidad seria, profunda, vela-da:
-Coja V. esto, si quiere.
Y miró a otro lado, a mi madre, y me volvió la espalda un poco para oír y ver mejor a quien seguía recordando dulces y melancólicas antigüedades.
-Pero, niña -observó D.ª Eladia, que estaba en todo-, ¿le das los desperdicios?
Elena encogió los hombros, se turbó un tanto, sacó un poco la lengua, se le atragantó algo.

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