Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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.. largo, largo, así... en curva, como el somonte... y en las seves brillaban gusanos de luz... y cantaban las ciga­rras... miles de cigarras, y a mí me parecía que las estrellas cantaban también, cantaban así, como latiendo, como un péndulo, tristes... pero muy dulces, muy... no sé qué... Y era papá (¡oh! sí: estoy segura), papá quien me llevaba en brazos...
-Pero, criatura, ¡si eres tan niña! ¡Si no puedes acordarte!
-Bueno, bien: me acuerdo que me acordaba. ¡Si hasta me acuerdo de que la barba de papá, que yo cogía y apretaba entre los dedos, esta­ba húmeda por el rocío! ¿Y el ¡rich! ¡rich! ¡rich! de las cigarras? ¿Y esa luna? ¡Oh! Sí: esa luna es testigo...
La voz de Elena temblaba y se debilitaba: parecía hundirse en un abismo de sollozos contenidos y de recuerdos. Calló, dio media vuelta lentamente y salió del cenador como una sombra.
Emilia me hizo una seña.
Yo no hablé porque no podía: tenía unas tenazas en la garganta.
El amor absoluto, el amor nuevo, el decisivo, el de los diez y seis años, se estaba enseñoreando de mi alma. El misterio, casi el milagro, le daba su prestigio. ¡Yo también me acordaba de haberme acordado de aquello que decía Elena! Sí, sí: el ¡rich! ¡rich! solemne en una noche lejana, única, genesíaca para mi conciencia; la noche de aquella luna, de aquella misma, roja, hinchada, augusta, que tenía en aquel momen­to enfrente de mí. Y yo recordaba más que Elena: yo la recordaba a ella. Y aquel otro que llevaban en brazos también cerca de mí, era ella. La cosa estaba clara: mi padre me llevaba a mí, a ella el suyo...
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Cómo en esta vida, finita, tonta, efímera, disipada, insustancial, que en la suma de los destinos humanos no de-be de ser más que un tachón, a lo más una página rota por inútil; cómo en esta vida, que en tanto llegué a despreciar más tarde, consientes que haya momentos de tan intenso sentir, de tan inefable grandeza, mo­mentos infinitos, instantes de gloria eterna? Música, santa música: cán­talos tú que puedes, y deja que yo siga, con el run run prosaico de la pluma de acero, narrando los sucesos, como estólido cronista que pro­fana con anotaciones y cifras dignas de las musas de antaño las subli­mes pasiones que tejieron la historia.

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