A Dios por razón de estado (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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la enjuta vereda al ver
que fue amontonando ondas
en uno y otro cancel,
montaña y pared. ¿Quién nunca
fue montaña ni pared?
Entre una y otra columna
el fuego lo diga, pues
tal vez me sirvió de antorcha
y de pabellón tal vez.
La tierra lo diga, herida
en Raídin, pues correr
vio agua a las piedras, y el aire,
al ver nevada su tez
de aquella neutral vianda
en nubes de rosicler,
cuajaba en maná la Aurora,
lloviendo al amanecer,
el aire el reparo al hambre
como la tierra la sed;
si entre tantos beneficios
fue el mayor darme su ley
en mármol escrita, siendo
su mismo dedo el pincel,
por quien la Ley Natural
vino a elevar y a crecer
su primer candor, subiendo
de dos preceptos a diez;
como a tanto repetido
favor, a tanta merced
(como antes dije), trocando
el beneficio en desdén,
ingrata la Sinagoga
había de proceder,
dándole muerte a su Hijo.
¿Ni cómo podía ser
el que sin estar cumplidas
las semanas de Daniel
viniese sin aparatos
que Isaías los prevé,
diciendo que ha de venir
con majestad y poder
de relámpagos y truenos?
Si al venir habían de ser
¿qué importara que al morir
los viésemos para que
lo que fue acaso nos haga
sentir, dudar o temer,
que lo que hubo de ser antes
bastó que fuese después?
Y así, Ingenio, o lo que eres
(que yo no me he de meter
en si lo eres o no), piensa
que a quien di la muerte fue
a un escandaloso joven,
que sedicioso, que infiel
y amotinador del pueblo,
para coronarse rey
en virtud de Belcebú
obró algún milagro en fe,
de cuyo mágico arte
nos quiso dar a entender
que el prometido Mesías
estaba cumplido; y pues
no pudo salvarse a sí,

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