La cena de Baltasar (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

Página 7 de 29

diluvio, que le destruya;
y con esta confianza
en solos vicios se ocupan
los hombres, mal poseídos
de la soberbia y la gula,
de la avaricia y la ira,
de la pereza y lujuria.
Enojados, pues, los dioses,
a quien nada hay que se encubra,
trataron de deshacer
el mundo, como a su hechura,
no a diluvios, pues de rayos
se vio la cólera suya
fiada a incendios si de agua,
porque la majestad suma
tal vez con nieve culmina
y tal vez con fuego inunda.
Cubrióse el cielo de nubes
densas, opacas y turbias,
que como estaba enojado,
por no revocar la justa
sentencia, no quiso ver
de su venganza sañuda
su mismo rigor; y así,
entre tinieblas se oculta,
entre nubes se enmaraña,
porque a un Dios, con ser Dios, busca
para mostrar su rigor,
ocasión, si no disculpa;
el principio fue un rocío
de los que a la aurora enjuga
con cendales de oro el sol;
luego, una apacible lluvia
de las que a la tierra dan
el riego con que se pula;
luego fueron lanzas de agua,
que nubes y montes junta,
teniendo el cuenco en los montes
cuando en las nubes las puntas;
luego fueron desatados
arroyos, creció la furia;
luego fueron ríos; luego
mares de mares: ¡oh suma
sabiduría! Tú sabes
los castigos que procuras;
bebiendo sin sed el orbe,
hecho balsas, y lagunas,
padeció tormenta de agua
por bocas, y por roturas
los bostezos de la tierra,
que por entreabiertas grutas
suspiran; cerrado ya
en prisión ciega y oscura,
tuvieron al aire; y él
que por dónde salir busca,
brama encerrado; y al fiero
latido que dentro pulsa,
las montañas se estremecen
y los peñascos caducan.
Aquese freno de arena
que para a raya la furia
de ese marino caballo,
siempre argentado de espuma,

Página 7 de 29
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: