La hidalga del valle (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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y recatar los designios.
Pero ya que victoriosa
con tantos aplausos vivo,
que erguido el pecho levanto,
que el cuello enroscado vibro,
la cerviz, que alta sacudo,
la frente, que altiva rijo,
dando, no gemidos roncos,
ya no callados bramidos,
sino declaradas voces,
en articulados silbos.
Sabed, mortales, sabed
que no sin causa ha nacido
hoy en mí la vanidad
que victoriosa publico;
pues hoy en una campaña,
que era verde laberinto,
la Gracia, y yo, cuerpo a cuerpo,
y cara a cara nos vimos,
no partido el sol, las dos
entramos en desafío,
que como le tiene entero,
ella partirle no quiso;
pero no importa, que yo
con las nubes de mi abismo
le empañe la luz al sol,
y con igual maña y brío,
ella a la luz, yo a la sombra,
en el hermoso distrito,
brazo a brazo forcejeamos,
y fuerza a fuerza reñimos;
hasta que viendo que era
la suya mayor, previno
mi ingenio contra su fuerza
un ardid: reconocido
de la Gracia, se ausentó,
teniendo ya por indigno
(viendo el sitio por mi parte)
quedarse ella en aquel sitio.
Ausentóse, en fin, dejando
la campaña a mi albedrío,
llena de inmensos despojos,
y trofeos infinitos,
quedando, por mayor triunfo,
mayor blasón de mi invicto
aliento, por prisionera
de mis cadenas, y grillos
la naturaleza humana,
siendo en eterno martirio
esclava vil de la Culpa,
en cuyo grande conflicto,
por escapar con la vida,
pleito homenaje me hizo,
de que un pecho eternamente
me pagarían sus hijos,
tan común, tan absoluto,
tan entero, tan cumplido,
que sin exceptuar persona,
todos claramente dijo:
y así, cualquiera embrión
apenas en el abrigo
materno (primer sepulcro
del hombre) señas de vivo
dará, al informarse en él
del alma el vital suspiro,
cuando se nombre mi esclavo,
se confiese mi cautivo,

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