La hidalga del valle (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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que aunque soy pobre, no dudo
que no anduviera desnudo,
como en el aire le vi,
yo le vistiera (¡ay de mí!)
si vestirse puede un rayo,
pues el copete que el mayo
teje, un sayo mi Placer
le hiciera, si el Placer ser
puede de su capa un sayo.
En la casa de Joaquín,
donde yo a servir he entrado,
es a donde se han parado,
convirtiéndole en jardín
todos: ¿yo no sé a qué fin,
ni con qué causa colijo
que haya en ella regocijo
tan grande? ¿Ni para qué
yo en ella a servir entré?
¿Si por la falta de un hijo,
tristes, y desconsolados,
él y su esposa vivieron,
desde que del templo fueron
en Jerusalén echados,
no penetran mis cuidados
a quien se hace este festín,
ni tampoco sé a qué fin,
viviendo en la soledad
aparte, hoy en la ciudad
se han buscado Ana y Joaquín?
¿Pero quién os mete a vos
en discurrir ni pensar,
Placer, que os haréis pesar?
Éstas son cosas de Dios;
no discurramos los dos
pergeño, que soy grosero,
y vos muy sutil; empero,
pues el primer día ha sido
que Joaquín me ha recibido,
hacerle falta no quiero:
y, pardiez, que no el cuidado
de servir sólo me lleva,
que fuera cosa muy nueva
tener cuidado un criado
(y más el Placer, que es dado
a servir mal, y a faltar),
sino el ansia de mirar
si asir pueden mis solaces,
uno de aquellos rapaces
que han dado en salir y entrar
en su casa; éste bailando,
riendo de mí se fue
éste, y todo, ¿pues por qué,
muchachos, que andáis jugando,
de mí os estáis retirando?
Mirad, que soy el Placer;
¿aun no, aun no os dejáis coger?
¿Qué hicierais más al pesar?
Mirad que me haréis pensar

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