El castillo de lindabridis (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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para que...Pero las puertas
se abren. ¿Qué he de hacer? Dejar
este puesto ya es bajeza,
habiendo jurado en él
mi venganza. Que me vea
Lindabridis es desaire.
Pues de irme y quedarme sea
medio el esconderme; así
ni ella me ve ni hago ausencia.
Retirado esperaré
hasta que el primero venga.
Haz breve sepulcro a un vivo,
oh monte, de hojas y peñas.

Escóndese. Salen LINDABRIDIS y SIRENE como
acechando

LINDABRIDIS: Pues sin estruendo ni ruido
el castillo tomó tierra
en Babilonia, Sirene,
con intento de que pueda
--antes que la novedad
despierte las gentes de ella--
salir ese hermoso joven
que la piedad y clemencia
del cielo restituyó
a la vida, considera
si hay en este inculto monte
gente alguna que le vea.
SIRENE: Sólo son mudos testigos
estos troncos y estas selvas
de nuestra venida.
LINDABRIDIS: Pues
sal, Claridiano; ¿qué esperas?

Sale CLARIDIANA


CLARIDIANA: La sentencia de mi muerte;
que es de mi muerte sentencia
notificarme, señora,
tu voz, tu llanto o tu lengua
que me ausente de tus ojos.
¡Oh nunca, oh nunca volviera
yo a vivir, pues allí, viva
el alma y la vida muerta,
no daba tiempo de estar
sin ti, y es feliz quien llega
a morirse de una dicha
sin el temor de perderla!
La ausencia es muerte del alma,
muerte del cuerpo es la pena;
pues si allí el cuerpo moría
y aquí el alma, considera
que lo que hay del cuerpo al alma
hay de la muerte a la ausencia.
LINDABRIDIS: Si, para morir de ausente,
viviste de amante, deja
el necio argumento, pues
también quien muere se ausenta.
Y ya que, por no dejarte
--después que amor a mis quejas
movido, te dio la vida--
en una playa desierta
solo, triste y mal curado,

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