La hija del aire (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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Mira, Tiresias, a cuánto
se extiende mi presunción;
pues porque nadie me fuerce,
voluntariamente voy
a sepultarme yo misma
en esta oscura estación
de mi vida, de mi muerte
tumba dijera mejor.

Vase SEMÍRAMIS


TIRESIAS: Cerraré la puerta. Grande
Júpiter, dame, favor
para que embarace tanto
asombro como antevió
Venus, prevenido en este
raro prodigio de amor.

Suenas las cajas y salen SOLDADOS por una puerta,
NINO, rey, y MENÓN, general, e IRENE con espada y plumas;
y por otra puerta MÚSICOS vestidos de villanos,
LISÍAS, CHATO y SIRENE


LISÍAS: Vuelvas felicemente,
de laureles ceñida la alta frente,
a ver, de tan extraños horizontes,
hoy, gran señor, aquestos patrios montes
que ausente te han tenido edades tantas.
CHATO: Y a todos su merced nos dé las plantas,
pues de creer es que para tales fines
todos los reyes traigan escarpines;
y déselas también aquí a Sirene
mi mojer, que a besárselas hoy viene,
y se las besará con alegría,
por besar una cosa que no es mía.
SIRENE: ¿Que luego hobiese, Chato,
de ver el Rey que sois un mentecato?
NINO: Alzad todos del suelo.
Yo, Lisías, os estimo el noble celo
con que Ascalón recibe mi persona.
LISÍAS: Vuestra grandeza mi humildad abona;
que aunque es verdad que yo le he gobernado,
este amor no se debe a mi cuidado,
sino a su gran lealtad; y vos, señora,
de tanto humano sol divina aurora,
a todos dad la mano.
CHATO: Sino a Sirene, mi mojer, que es llano
que si llega en sus labios a ponella,
de asco en un mes no comeréis con ella.
SIRENE: Para ésta, picarote,
que los huéspedes idos, haya escote.
NINO: Puesto que ya mi gente

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