La hija del aire (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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las fértiles provincias del oriente
discurrió numerosa,
con tan grandes conquistas vitoriosa,
pues a sus armas yace la Fenicia,
y víctima la Siria, la Cilicia,
la Propóntida, Lidia, Egipto, y Caria,
donde apenas quedó nación contraria
que no me obedeciese
desde el Tanais al Nilo, cese, cese
el militar acento
de estremecer al sol, herir al viento,
turbar el mar y fatigar la tierra,
y hoy a la blanda paz ceda la guerra.
Desde hoy vivir en ella determino,
en la ciudad de mí nombre, Nino,
Nínive se ha llamado,
a quien yo por grandeza he edificado.
Tú, Menón, que valiente
los sagrados laureles de mi frente
tanto has facilitado,
que a ti el mirarme de ellos coronado
confesaré que debo,
si bien, bien a pagártelos me atrevo,
hoy con la gente en Ascalón te queda,
donde a tu orden disponerse pueda
ese despojo todo;
y en su distribución dispón el modo
de suerte, que el más mísero soldado
no vuelva sin que vuelva coronado
con trofeos marciales,
a pisar de su casa los umbrales;
y porque a dar hoy enseñado vivas,
quiero que antes recibas;
porque no sabe cuánto es lisonjero
el dar, el que primero
no supo cuánto fue, Menón, penoso
que liberal no fuera un poderoso;
quiero que en este punto
el dar y el recibir lo aprendas junto.
Esa provincia bella,
con cuanto en sí contiene, hinche, y es de ella,
es tuya. De Ascalón eres ya dueño,
aunque triunfo pequeño
a tus grandes servicios.
Pero éstos no son premios, son indicios
de mi amor; no te ofrezcas
a mis pies, ni esto poco me agradezcas.

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