La hija del aire (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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que esté en el suelo postrado
todo el cielo que en ti he visto.
Prodigiosamente hermosa
eres, y aunque en ti previno
el hado tantos sucesos,
ya tú doctamente has dicho
que puede el juicio enmendarlos;
¡dichoso el que llega a oírlos!
Y así, Semíramis, hoy
he de llevarte conmigo,
donde tu hermosura sea,
aun más que escándalo, alivio
de los mortales.
SEMÍRAMIS: Adiós,
tenebroso centro mío,
que voy a ser racional,
ya que hasta aquí bruto he sido.
MENÓN: Ea, vuelve tú a guïarnos.
CHATO: Yo era un tonto, y lo que he visto
me ha hecho dos tontos; no sé
si he de acertar el camino.
LISÍAS: ¿Contigo la llevas?
MENÓN: Sí.
LISÍAS: ¡Plegue a Júpiter...
MENÓN: ¿Qué? Dilo.
LISÍAS: ...que, gusano humano, no
labres tu muerte tú mismo!

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

JORNADA SEGUNDA



Salen MENÓN y SEMÍRAMIS, de villana


MENÓN: En esta apacible quinta,
adonde el mayo gentil
los países que el abril
dejó bosquejados, pinta,
aunque es esfera sucinta
para el sol de tu hermosura,
cuya luz ardiente y pura,
vence al rosicler del día,
bella Semíramis mía,
es donde estarás segura,
en tanto, ¡ay de mí!, que yo
vuelvo a la corte a asistir.
SEMÍRAMIS: ¿Luego no tengo de ir
contigo a la corte?
MENÓN: No.
Mi amor tus hados temió,
y así, aquí a vivir disponte,
pues este florido monte,
verde emulación de Atlante,
no está dos millas distante
de Níníve, su horizonte.
Y así, sin que los divida
más que esa punta elevada,
que está de nubes tocada
y de flores guarnecida,
en ese traje vestida
por sus campos te divierte,

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