La hija del aire (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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IRENE: ¿En fin, que nada te agrada
de un sitio tan deleitoso?
SEMÍRAMIS: Es el desvanecimiento
tal que en estas cosas pongo,
que pienso hacerlas mayores
en siendo Menón mi esposo.
IRENE: ¿Estás muy enamorada
de él, Semíramis?
SEMÍRAMIS: Conozco
que debo a Menón, señora,
todas las dichas que gozo;
y como de agradecida
hay un término tan corto
a enamorada, decir
que lo estoy será forzoso;
si bien es mi presunción
tal, que...
IRENE: Dilo.
SEMÍRAMIS: Que me corro
de que haya de ser mi dueño
quien es vasallo de otro.
IRENE: Salíos todas allá fuera.

Vanse las damas


IRENE: Ya, Semíramis, que toco
esta plática, no puedo
dilatar más mis enojos;
y así, antes que me preguntes
porqué a este empeño me arrojo
ni qué me obliga, te mando
que desde este instante proprio
estés persuadida a que
no ha de ser Menón tu esposo;
porque, aunque vasallo, tiene
dueño, si no tan hermoso,
menos ingrato y más noble,
menos vano y más heroico.
Si el rey casarte mandare,
con desdén ceremonioso
has de fingir que no tienes
gusto en este desposorio;
y a él le has de dar a entender
que le aborreces, de modo
que, viéndose aborrecido,
aborrezca; pues no ignoro
que sabe una ingratitud
pasarse de amor a odio.
Y pues el rey hoy por este
jardín ha venido, torno,
Semíramis, a decirte
que en esa puerta me pongo,
sólo a mirar de la suerte
que tus labios y tus ojos
empiezan a introducir
los desdenes rigurosos
de tu fingida mudanza.
Y así, por ahora sólo
te advierto que desde aquí

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