Las cadenas del demonio (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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la tercera, ni crïado
ni engendrado, es cosa cierta,
sino procedido de ambos;
que, aunque tres personas sean,
no son tres dioses, un solo
Dios es no más, una mesma
voluntad, un querer mismo
y una misma omnipotencia.
Uno es el Padre, uno el Hijo,
y de la misma manera
uno el Espíritu; pero
no son tres con diferencia,
no es fingido simulacro,
en cuya errada asistencia
habla el espíritu impuro
del demonio.
REY: Ten la lengua;
que nuestros dioses infamas.
IRENE: No prosigas, cesa, cesa;
que su gran poder ofendes.
CEUSIS: ¿Qué imposibles sutilezas
son [a] las que nos persuades?
LICANORO: Tente, Ceusis; no le ofendas,
hasta entender sus razones.
REY: ¿Qué razones? Todas ellas
son para darme la muerte.
BARTOLOMÉ: No son sino vida eterna.
REY: Cuando eso fuera verdad,
¿cómo quieres que lo crea,
que este simulacro hermoso
virtud divina no tenga,
si, cuando vienes, estamos
dándole gracias inmensas
de dos milagros tan grandes
como dar su providencia
vista al ciego y voz al mudo?
BARTOLOMÉ: Sabiendo que todas esas
obras caben en la margen
de la gran Naturaleza,
habiendo puesto primero
el impedimento en ella,
como angélica criatura,
capaz de todas las ciencias.
Prosigue sus sacrificios
y di, si de dios se precia,
que, estando yo aquí, responda
a alguna pregunta vuestra.
DEMONIO: Sí responderé.
BARTOLOMÉ: No harás;
que yo con esta cadena
de fuego, en nombre de Dios,
tengo de ligar tu lengua.
Habla ahora.-- Preguntadle;
decid que os dé la respuesta.

Al báculo que trae BARTOLOMÉ, que
será a modo de cruz, se pondrá una bombilla y se
encenderá por debajo


CEUSIS: Gran dios de Astarot, tu nombre
hoy se ilustre y engrandezca.
Vuelve por ti, con decirnos
lo que este bárbaro intenta.
DEMONIO: (No puedo hablar--¡ay de mí!-- Aparte

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